¿Puede Librarme…Y Si No?

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Es obvio que no sólo Dios honra la oración, sino que también se nos ordena que nos comuniquemos de esta manera personal con él. ¡Y qué privilegio tan grande es éste! ¿Ha pensado usted la naturaleza de este don que nos ha concedido el Todopoderoso? No necesitamos hacer una cita para que él nos preste su atención. No existen ayudantes o secretarias con quienes tenemos que hablar primero. El nunca nos dice que regresemos otro día, cuando su plan de actividades este menos congestionado.

En cambio, se nos invita a que con confianza entremos en su presencia en cualquier momento del día o de la noche. El oye hasta el más débil clamor de la persona enferma, de la que se siente sola, o de la que ha sido despreciada por los demás. Dios nos conoce y nos ama a todos nosotros, a pesar de nuestras imperfecciones y fracasos. Realmente, la invitación a orar es una preciosa expresión del amor y de la compasión incomparables de nuestro Creador hacia la humanidad. Este concepto ha sido parte inseparable de mi vida y de mi familia desde los primeros años de mi infancia.

Muchas historias llegan a mi mente donde la mano de Dios y las respuestas a la oración fueron contestadas en su tiempo. Ahora, permítame meterme en agua más profunda. Aunque cientos de versículos de la Biblia nos dicen que Dios escucha y contesta las oraciones, es importante que reconozcamos lo que la mayoría de nosotros ya ha observado, que él no hace todas las cosas que le pedimos, como nosotros quisiéramos. Podrían pasar años antes de que veamos el cumplimiento de sus propósitos. Hay otras ocasiones en las cuales él nos dice “no”, o “espera”. Y seamos sinceros, hay momentos cuando no nos dice ni una palabra. Como hemos indicado, muchos creyentes se sienten confundidos y heridos, en esos casos, y su fe comienza a tambalearse.

Todos los que ya hace bastante tiempo que son cristianos, han tenido la experiencia de orar por algo que Dios parece no concederles. Por ejemplo, pensemos por un momento en las oraciones insistentes por la salud de algún familiar, amigo o por la protección de nuestros seres queridos. Aunque muchos han sido sanos de sus enfermedades en su momento y otros protegidos casi todo el tiempo, en la actualidad muchos están con el Señor.

Nuestras oraciones no impidieron que partieran de este mundo cuando el Señor les llamó a través de la línea divisoria entre la vida y la muerte. Si esto le inquieta a usted, recuerde que Lázaro, a quién Jesús levantó milagrosamente de los muertos, volvió a morir después. Todas las personas, a las que Jesús sanó, finalmente murieron. Se dice que el tiempo cura todas las heridas.

¿Parece ser esto una contradicción de la afirmación acerca de la oración? ¡No debiera parecerlo! Piense por un momento en la clase de mundo que éste sería, si en todos los casos Dios hiciera exactamente lo que le exigiéramos. En primer lugar, los creyentes sobrevivirían por cientos de años a los incrédulos. El resto de los seres humanos se encontrarían atrapados en cuerpos que estarían deteriorándose, pero los cristianos y sus hijos vivirían en un mundo felíz, reservado para ellos. Nunca tendrían dolor de muelas, cálculos renales o miopía. Tendrían éxito en todos sus negocios, sus hogares serían hermosos, etcétera. Todo el fundamento de la relación entre Dios y el hombre sería destruido poco a poco. Las personas buscarían la amistad con él para obtener los beneficios adicionales, en vez de como resultado de un corazón arrepentido y lleno de amor hacia El. En realidad, la gente más codiciosa de entre nosotros sería la primera en ser atraída a los beneficios de la vida cristiana. Lo más importante de todo es que las evidencias del imponente poder de Dios eliminarían la necesidad de tener fe. Como escribió el apóstol Pablo, en Romanos 8:24 “… pero la esperanza que se ve, no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo?

Por lo tanto, nuestra fe no está afianzada en señales y maravillas, sino en el Dios soberano del universo. El no “actuará” de acuerdo con nuestras instrucciones, con el propósito de impresionarnos. Jesús censuró a los que querían que exhibiera sus milagros, con las siguientes palabras: “La generación mala y adúltera demanda señal; pero señal no le será dada…” (Mateo 12:39). El quiere que le aceptemos sin que tengamos ninguna prueba., Jesús le dijo a Tomás: “…bienaventurados los que no vieron, y creyeron” (Juan 20:29). Nosotros servimos al Señor no porque él hace lo que nosotros queremos, sino porque confiamos en su preeminencia en nuestras vidas.

En fin de cuentas, él debe ser, y él será, el que decidirá qué es lo que nos conviene más. Nosotros no podemos ver el futuro. No sabemos cual es Su plan. Sólo percibimos el cuadro pequeño, y ni siquiera lo vemos muy claramente. Teniendo en cuenta esta limitación, parece increíblemente arrogante de nuestra parte que le digamos a Dios lo que él tiene que hacer, en vez de darle a conocer nuestras necesidades, y luego rendirnos a su voluntad.

Para el lector a quién le han diagnosticado una enfermedad mortal, o el padre o la madre cuyo hijo está en peligro, o la viuda que se encara con la vida sola, le quiero decir estas palabras de estímulo: Jesús permanece a nuestro lado dándonos consuelo, protección y provisión a usted y a mi cuando experimentamos nuestras ardientes pruebas. El jamás le defraudará, pero tampoco usted podrá evitar las pruebas.

Tomado del libro “Afianzándose en su fe, aun cuando para usted lo que Dios hace no tiene sentido”  Dr. James Dobson

Un abrazo con inmenso cariño especialmente para ti.

Myriam AmorAmore

comunicaciones@amoramore.co

amoramore@outlook.com

@MyriamAmorAmore

 

 

 

 

 

2 pensamientos en “¿Puede Librarme…Y Si No?

  1. Querida Myriam:
    Cómo me recuerda esta reflexión que nos compartes, un momento muy difícil de mi vida, en el cual, nuestro amado José Agustín, me entregó una carta en mis manos, titulada “¿Y si no?” que habla de lo mismo que tu nos ilustras y creo, sin temor a equivocarme, que ha sido una de tus fuentes para hablar del tema.
    En octubre de este año, cumplo 25 años de llevar a cuestas una enfermedad llamada hidradenitis supurativa; la cual estoy más que convencida, ahora que conozco a Jesús, que no proviene de parte de Dios. Pero igual, ha permitido que se quede conmigo, como parte de un proceso, que, tengo fe, redundará en mi crecimiento personal y espiritual. No ha sido fácil lidiar con ella, es supremamente molesta, dolorosa e incómoda, ya que supuras pus de las heridas que produce. En los primeros años, lloré muchísimo, ya que caminaba con bastante dificultad, ya que se me desarrolló plenamente en la cara interior de mis piernas: me miraba al espejo y me sentía fatal, porque quería que terminara, cosa que nunca sucedió. Más por el contrario, se extendió por varias partes de mi cuerpo, causando cicatrices imborrables, y en algunos casos, grandes daños, que gracias a Dios y al apoyo en oración de nuestros queridos amigos, pudieron ser reparados, gracias a la respuesta de Jesús, a través de la ciencia médica.
    En algunos momentos críticos de la enfermedad, y en los cuales, los doctores solamente me suministraron medicinas que la controlaron por un momento, tuve ganas de atentar contra mi vida; pero siempre, la luz de Jesús estuvo ahí para consolarme, ya sea con palabras o exhortaciones (regaños) de mi preciosa madre, quien siempre me alentó a seguir adelante a pesar de tener este inconveniente de salud,
    Recuerdo una escena de una de mis películas favoritas “El manto sagrado”, donde el protagonista, aún en la búsqueda del manto que, según él, lo había hechizado, llegó a un pequeño pueblo, cuyos habitantes eran cristianos. Encontró a una mujer paralítica, tocando una lira y cantando canciones de alabanza a Dios. Al preguntarle que porqué Jesús no la había sanado, ella, por el contrario, y muy segura de su respuesta, le dijo que Él sí la había sanado, porque aunque no sanó sus piernas, había sanado su corazón, antes lleno de amargura y resentimiento, y que aunque no podía caminar, ella ahora era libre, porque Jesús la había restaurado. Esta escena me hace entender, que muchas veces Dios no nos da precisamente lo que queremos, sino lo que Él sabe que nos conviene, porque Él conoce nuestros corazones y, aunque no lo entendamos, o nos enojemos con Él, siempre sabe que es lo que realmente necesitamos.
    Muchas veces culpamos a Dios y nos apartamos de Él, porque nosotros no captamos las cosas como Él las ve. La Palabra nos dice en 1 Juan 5:15, que si pedimos cualquier cosa, de acuerdo a Su Voluntad, Él nos escucha, y concede nuestras peticiones: debemos apoyarnos en Su Palabra, para discernir, si lo que estamos pidiendo coincide con lo que Él quiere para nosotros. Porque estamos acostumbrados también, a que Jesús haga lo que nosotros queremos, pero cuando nos pide que hagamos lo que Él nos pide, nos enojamos y le damos la espalda, porque no hizo lo que nosotros pedimos que hiciera. Pero también, por amor, nos concede lo que pedimos, para aprender las lecciones que nos quería evitar, esperándonos con los brazos abiertos para secar nuestras lágrimas y aceptar nuestro arrepentimiento.
    También Dios responde a las oraciones de maneras diferentes o sorprendentes para nuestra comprensión. Una vez que en la axila derecha me salió una lesión de estas que me produce la enfermedad, y que era bastante grande, yo no quería ir a Urgencias, porque sabía que me internarían para operarme. Así que me fui al Hogar Misionero, y pedí oración empeñada en que Dios me sanaría sobrenaturalmente, cosa que no sucedió. Pasaron un par de días, y volví a Urgencias decidida a hacerme atender, con la sorpresa de que se confirmó la voluntad de Dios para mi, que era que me internaran y me operaran, acción que redundó en una hermosa sanidad de mi bracito. Meses más tarde, mi brazo empezó a sentir dolores muy fuertes en las venas, por consecuencias de los antibióticos, pedí que oraran por mi en una reunión del Hogar, y Dios operó una sanidad sobrenatural, que reforzó la que había recibido por mano de los médicos.
    Hoy sigo con mi enfermedad, a veces con muchas lesiones, a veces con solo una o ninguna. Aprendí que Dios tiene un propósito con cada cosa que permite que suceda en nuestras vidas, y que nos da la fortaleza y la alegría para vivir la vida, a pesar de las cosas no tan gratas que nos suceden. También que confiar en Él, aunque NO ES FACIL, redunda en grandes bendiciones y en respuesta efectiva a nuestra confianza, porque Dios nos ama, y no puede negar ese amor que siente por nosotros, a pesar de nuestros errores. Nos invita a que nos acerquemos al Trono de la Gracia, para exponer nuestro corazón y permitir que Él lo acaricie con amor, porque así le ha placido, y porque somos lo más importante para Él.
    Con cariño, tu amiga
    Claudia Patricia.

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